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Los viernes

La confusión de la realidad con delirantes estratagemas de la imaginación ha sido desde hace tiempo el objeto de profundo estudio del Doctor Abelardo Carriel.
Según él mismo me contara en una convención en Mar del Plata, por muchos años no pudo superar la tragedia familiar ocurrida a su querida madre, que fue atacada por ese demonio inescrupuloso y despiadado llamado locura.
La terrible enfermedad la atacó cuando encontró a Adolfo, el padre del Doctor Abelardo, in fraganti en sus mismísimos aposentos con una bella muchachita bastante más joven que ella.
Contrario a lo que suele suceder en estas situaciones, Elba, que así se llamaba su madre, no atinó a pronunciar palabra alguna, sino que quedó estupefacta mirando la angustiosa escena. A partir de ese momento no emitió ni una sola palabra por varios días. Recién un par de días después de que su marido se marchara definitivamente con la muchacha, comenzó repentinamente a hablar.
El cuerpo de Abelardo, que en ese entonces tenía diecinueve años, pareció recuperar súbitamente su alma al ver que su madre comenzó a hablar como si nada hubiese ocurrido. Ni siquiera le importó la ida de su padre a quien odiaba secretamente casi desde siempre. Su infancia con él no había sido fácil y, además, hace tiempo él intuía las infidelidades hacia su madre.
Abelardo no quiso ni mencionar a Elba el tema de su padre. Él la amaba mucho y quería conservar el desarrollo de la situación en el cause en que se encontraba, quizá porque en su interior sabía que algo no estaba bien. Si bien la vida con su madre parecía comenzar a ser una relación ideal, sin el fastidio y los engaños de su padre, Abelardo notó en un principio que su madre no sólo sufría de amnesia sino que su mente había comenzado de a poco a llenar los huecos con tramos de historias de vida inexistentes y hechos sorprendentemente coherentes entre sí.

Elba era una mujer nueva con otro pasado y otro presente, la maravillosa mente humana había recurrido en su caso a un mecanismo de autodefensa increíble que podía construir recuerdos instantáneos para evitar caer en la depresión en que hubiera caído en caso de conocer conscientemente lo que en realidad había sucedido.
Por un tiempo Elba vivió plácidamente con su hijo Abelardo sin demasiados problemas, pero poco a poco éste notó que su madre tenía ciertos raptos de incoherencia y a veces se ensimismaba y quedaba callada por varios minutos hasta que de pronto comenzaba a hablar de un tema totalmente incoherente. Era como si la maquinaria de su mente necesitara ese tiempo para fabricar una nueva historia y desarrollarla sin que ella lo notara.
Con el tiempo la situación de Elba se fue agravando y hasta por momentos se volvía violenta. Abelardo, que cursaba el tercer año de medicina, comenzó a reconocer los problemas que la situación de su madre le causaba. Hasta que los profesionales que la trataban aconsejaron seriamente su internación.
Este fue un punto de quiebre en la vida de Abelardo. Al principio no pudo soportar ver a su madre que casi no lo reconocía y rodeada de esquizofrénicos, gente que construía su propio mundo y creían ser otras personas. Algunos creían ser gente famosa, otros imaginaban amigos inexistentes, otros simplemente no hablaban o balbuceaban sandeces.
Por varios meses Abelardo dejó de visitar a su madre y cayó en una depresión profunda. Dejó la facultad y hasta intentó suicidarse.
Pero muchas veces cuando uno está en el fondo ocurre el milagro. Y eso fue Sandra. Una muchacha que Abelardo conoció por casualidad a quien comenzó a frecuentar. Sandra estudiaba Psicología tenía mucha empatía con Abelardo. Fue la oreja que él necesitaba para calmar todo su dolor.
Ella lo sacó adelante y, luego de dos años de abandono de sus estudios, logró que se reincorporara en la Universidad.
Ya en la última etapa de la carrera Abelardo comenzó a interesarse con mucha curiosidad en el fenómeno de la locura. Pensó y re-pensó muchas veces cómo ésta se había adueñado de su madre. Por un lado la había salvado de las grandes frustraciones y angustias de esta vida, pero por el otro, la había excluido de la sociedad.
Comenzó a leer y estudiar mucho sobre el tema, y luego decidió especializarse en Psiquiatría.
Hoy el Doctor Abelardo Carriel es un Psiquiatra argentino reconocido a nivel mundial. Así y todo nunca pudo ayudar a su madre, ella falleció antes que él se recibiera.
En la actualidad el Dr. Abelardo es profesor en la Facultad de Medicina, asesora varias Instituciones y dirige un importante Centro de Rehabilitación Psiquiátrica. Si bien estas funciones consumen gran parte de su tiempo el Dr. Abelardo nunca dejó el trato individual médico-paciente. Dedica un día completo a la semana a la atención psiquiátrica de sus pacientes en el Centro.
Los viernes son los días más felices para él. Cuando puede dedicarse a su pasión por ayudar a toda esta gente que, como lo hacía su madre, viven en esos mundos propios tan particulares. Nunca deja de asombrarle cómo la locura construye en ellos ésas paredes invisibles que los alejan de la sociedad y los protegen a la vez. Quizá en cada uno de ellos vislumbre un tenue reflejo de su madre, que ya no está.
En un típico viernes él se despierta, se asea, desayuna y comienza a recorrer los lúgubres e interminables pasillos, comenzando su ronda de visitas a sus pacientes.
El primero suele ser Carlos, el “diputado”, cuyos padres fueron secuestrados, torturados y asesinados por la dictadura militar argentina de los setenta. Carlos sobrevivió gracias a que su abuela lo salvó de las garras criminales de ésas fieras. En realidad él era albañil o se las rebuscaba con una changa u otra. Tuvo una hija y la pudo alimentar y educar hasta que quedó sin trabajo en los peores momentos de la crisis argentina.
Quizá este pudo haber sido el detonante de su locura, que no hizo sino regresar su mente a una de sus anteriores tragedias: la muerte de sus progenitores.
Desde ese momento Carlos es un Diputado de la Nación, por lo menos en su micro-mundo, y lucha por promulgar leyes que permitan el castigo completo a los asesinos de sus padres.
–Buenos días, compañero, dice Carlos dirigiéndose al doctor cuando éste ingresa en su habitación.
–Buenos días, compañero, replica el doctor, condescendiente. – ¿Ha logrado, mi amigo, el quórum para castigar tremendos atropellos a nuestros compatriotas?
–Bueno, en eso andamos. Aún tengo que convencer a algunas “botas”
Mientras tanto, el Dr. Abelardo revisaba la planilla de Carlos y agregaba algunas prescripciones. Luego, según el tipo de patología, el doctor solía pasar un rato charlando con el paciente para constatar si había adelantos en su tratamiento, continuando posteriormente con su ronda.
Los pacientes tenían actividades colectivas donde socializaban y se entretenían. Pero, en general, no eran pacientes fáciles. Una buena parte del día debían permanecer en sus habitaciones, medicados.
María era una de las pacientes más interesantes. Ella se creía enfermera.
El problema era que frecuentemente se la encontraba deambulando por los pasillos o en otras habitaciones tratando de “curar” a otros pacientes. Era muy convincente y los otros internos creían que en verdad María era una enfermera.
Cuando Abelardo ingresaba en su habitación, María solía tratarlo como a un enfermo. A veces lo tomaba de los brazos y decía: – ¡Quédate quieto Abelardo, que tengo que darte esta inyección! Y sacaba una jeringa que vaya uno a saber cómo había conseguido. Enseguida el doctor forcejeaba y le arrojaba de un manotazo la jeringa al piso, pero María gritaba como pidiendo ayuda: – ¡Doctor! ¡Doctor! ¡Ayúdenme con este paciente!
En seguida venían un par de paramédicos. Cada uno tomaba un brazo de la pobre víctima de la locura y le aplicaban un sedante.
Algunos pacientes tenían estos raptos de locura extrema donde se hacía preciso tomar precauciones adicionales.
Parece que muchos internos se mimetizaban con los profesionales y se imaginaban ellos mismos como enfermeros, médicos psiquiatras y terapeutas en general.
Últimamente había cada vez más pacientes que rondaban el Centro Psiquiátrico como si fueran doctores.
Muchas veces algunos pacientes dejaban a Abelardo tan exhausto que debía descansar un rato en alguna cama desocupada para liberarse de tanto estrés.
Una de esas veces, Abelardo se despertó horrorizado y con ambos brazos sujetos por dos grandes “enfermeros”. María le decía: –Quieto Abelardo. Todo está bien, no tienes por qué preocuparte. Sabes que hoy es el día de visita, por eso debes permanecer tranquilo, al tiempo que le aplicaba una gran inyección.
Pero Abelardo se movía y gritaba insistentemente, por lo que los enfermeros tuvieron que sujetarlo más fuerte hasta que se desvaneció.
Cuando el pobre Abelardo pudo despertarse se halló a sí mismo atado de pies y manos y veía todo muy nublado y extraño por los efectos de los narcóticos.
Tuvo que permanecer sedado y amarrado por varios días. María debía darle de comer en la boca con su cuerpo medio adormecido.
Le tenía mucha paciencia y lo apreciaba mucho. María es una muy buena enfermera comprometida y amante de su profesión. Pero Abelardo es un paciente bastante difícil de tratar. Tiene un trastorno de múltiples personalidades y hay que saber tratarlo.
Por eso he comenzado a tratarlo personalmente, aunque estoy sumamente atareado con mis funciones de Director General de este Centro Psiquiátrico.
Es más, hoy en día dedico un día completo a la semana a realizar mis rondas y atender personalmente a todos mis pacientes. Los viernes.

Sergio W

8 huevos dejados:

Anónimo dijo...

Me encantó la historia!!!, que buena imaginación tienes sergei.
Me estremecí mucho al llegar la final, me recordó demasiado a un cuento que escribió Daniel F; un cantante peruano muy bueno.
Escribes muy bien, a veces yo quyisiera hacer lo mismo pero sigue faltandome eso que me falta, siempre me inspiro más en el ámbito poético...,
Buenoi, pues saludos a todos!!! y gracias por compartir tan linda historia.
(Lunier, Foro Sabina: http://www.joaquinsabina.net/foro/)

Anónimo dijo...

Hola Sergei, antes que nada quiero agradecerte por las palabras dedicadas a mi primer posteo como también a tu opinión sobre el mismo ya que me es de gran utilidad saber cómo se percibe lo que uno escribe.
Recién acabo de leer la historia y sinceramente me gustó mucho. Espero que nos sigas acostumbrando a este tipo de cuentos.
Desde Buenos Aires, Saludos!
(sorteandoagostos, Foro Sabina: http://www.joaquinsabina.net/foro/)

Anónimo dijo...

¡Tremendo!. Muy entretenido, la verdad Sergei, es bueno. El desenlace me hizo estremecer. Espero más como este. Saludos
(Ulysse, Foro Sabina: http://www.joaquinsabina.net/foro/)

Anónimo dijo...

sergei una historia trepidante.q locura¡¡¡
espero que tengas suerte y mi rodri no te la borre.
solo se puede alagar si se dirigen al blog de mi pequeño dictador,mi maestro rodri.
el resto del mundo no es nadie.
sergei escribe tus historias pero en un cuaderno anonimo donde no lo borren las manos dictadoras del señor rodrigo rojo(aunque rojo no tiene ni un semaforo).
gracias sergei por esta historia.
quiero mas.
pero posteala en su lugar(sabias palabras que me dice la boca mas necia de toda la Argentina).
libertad de expresion¡¡¡
(rubenanyolini, Foro Sabina: http://www.joaquinsabina.net/foro/)

Anónimo dijo...

sergei..ya te felicité...pero quiero hacerlo por aca!!! muy lindo, entretenido y sorprendente tu cuento..sobre todo al final...espero que publiques mas cuentos!!-----besotes!!!...xime
(ximena, Foro Sabina: http://www.joaquinsabina.net/foro/)

Anónimo dijo...

Hola!! Sergio mira tu!! recién leo esta historia (me pregunto donde estuve hace 3 meses jejeje) que buena historia Señor! y si tiene una similitud!! con el cuento d Daniel F... El señor Leinad...

Saludos!!
(Martin666, Foro Sabina: http://www.joaquinsabina.net/foro/)

Laura dijo...

Canta Aute que la locura todo lo cura y yo creo que todos tenemos esa venilla que marca un fino hilo de separación entre los llamados cuerdos y los enajenados que no se preocupan de lo que piensen de ellos, hacen sencillamente lo que les viene en gana, sin freno, algunos hasta luchan contra aspas de molinos y visten arma-dura que es siempre mejor que tener alma dura, pero claro igual pienso así porque soy idea-lista/idea-tonta...debe ser....Me encantó leerte Sergei, me tuviste enganchada hasta el final y nunca me hubiera imaginado que las ata-duras de Maria enloquecieran tanto a Abelardo que como decía aquél era belardo...Bs.

Anónimo dijo...

la verdad me sorprendiste,escribís mejor de lo que imaginaba,euien pudiera!

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"...y me encontré a mitad del tiempo sobrevolando los cielos y el infierno"
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